LAS MAYORDOMAS TOMAN LAS CALLES
DIARIO DE UNA MAYORDOMA

Paula Mozota Marco
Periodista y Comunicadora Audiovisual

Diario de una mayordoma en Semana Santa
DIARIO DE UNA MAYORDOMA
Todos los personajes femeninos de la historia son ficticios, pero no así sus acciones. Cada pensamiento y acto reflejado en este escrito pertenece a alguna de las seis mayordomas y dos mayordomos entrevistados.
Gracias a las antiguas mayordomas Angelina, Elena, Humildad, Lucía, Luisa y Rosario y a los mayordomos José Luís y Alejandro por sus testimonios y a las hermanas Clara y Elvira por abrir la iglesia a la cámara.
1956
Domingo de Carnaval
¡Han dicho mi nombre! ¡Lo han dicho! ¡Voy a poder salir! Sabía que me podía tocar, somos bastantes, pero no tantas como para que salir elegida fuera raro. Realmente a casi todas nos toca, y con 17 años ya iba siendo hora. Pero lo han dicho: Pilar Bueno. Mi nombre.
Me ha echado la María, sabía que confiaba en mi y me lo esperaba un poco, me alegro de que haya tomado esa decisión. Además, también han echado a la Puri, que ya de por sí canta bien. Si nuestros padres no dicen nada, este año todo va a salir a pedir de boca.
Las mayordomas fueron una figura esencial en la celebración de Semana Santa en Utrilla. Aunque tenían varias funciones, la principal era cantar en las misas y procesiones de la semana, para lo que debían practicar durante la Cuaresma.
Eran cuatro en total, dos mayores y dos menores de edades comprendidas entre los 15 y los 19 años aproximadamente. Las mayores ya habían sido mayordomas el año anterior y su función era liderar y enseñar a las menores las canciones y costumbres de una mayordoma, para que, al año siguiente, pudieran enseñar a las futuras mayordomas menores.
Cuando las mayordomas elegían a sus sucesoras, no se empleaba el término 'elegir' o 'seleccionar', las mayordomas se 'echaban'. Una vez terminaba la primera Semana Santa de las mayordomas menores, estas tenían todo un año para elegir a sus sucesoras, que serían echadas en la misa del Domingo de Carnaval.
Lunes 30 de enero
Al padre de la Puri no le ha hecho ninguna gracia. Voy de camino a su casa para ver si logramos convencerle de que la deje participar. Ayer parecía contenta, pero hoy en la fuente me ha contado que cuando su padre se enteró se enfadó mucho. Le dijo que lo de mayordoma, solo lo quería hacer por vaga. Que sí, que al final los cantos quedaban muy bonitos, pero que las chicas que tomábamos el papel lo hacíamos para gandulear por la tarde y zanganear dando vueltas por el pueblo y ligando con los mozos. ¡Como si ellos no se encargaran ya de eso! ¡Si siempre los tenemos que aguantar yendo a ligar con nosotras y a molestar en el camino del lavadero!
El lugar de la mujer en esa época era la casa. No la cocina, la casa entera. Limpiaban todas las habitaciones y la zona delantera de la casa, recogían toda la ropa que se dejaba tirada por ahí, hacían las comidas, organizaban los eventos familiares, cuidaban la reputación de la familia, atendían a los niños y los animales y un largo etcétera. Esto no aplicaba solo para marido e hijos, sino a cualquier familiar masculino que no estuviera al cuidado de otra mujer: hermanos no casados, padres viudos, primos...
A estos deberes caseros, se les unía el hecho de que el marido o padre no solía ser partidario de que las mujeres salieran de casa sin ellos. Incluso cuando se trataba de alguna labor como ir a lavar al lavadero, se las apremiaba para que regresaran pronto, argumentando que si había más mujeres lavando en ese momento, seguro que se dedicaban a contar cotilleos y eso era malo, rozando casi el pecado.
Miércoles de ceniza
Sigo sin poder dormir. Los chicos siguen por ahí gritando y llorando como unos burros y el reloj de la torre ya ha dado la una de la mañana. Se me había olvidado que hoy era lo de la sardina esa. No hay derecho, hay algunas que queremos tener energía mañana. Encima si salgo a mandarles callar, aún me tirarán encima el cubo de enjalbiegue, ese de pintura asquerosa, y será culpa mía por cotilla. ¡No es justo! No puedo salir a rondar ni a reír, tampoco puedo dormirme, ni siquiera quejarme de lo que no me deja dormir. Ni contigo, ni sin ti. ¡Odio el Entierro de la Sardina!
El Entierro de la Sardina, era una fiesta que organizaban los hombres más jóvenes del pueblo la víspera del Miércoles de ceniza. Era conocida por durar hasta altas horas de la noche. En ella ataban a un quinto (mozo que acababa de cumplir los 18 años) a una escalera y fingían que era una sardina muerta. Lloraban, gritaban y se lamentaban por las calles a la espera de que alguna despistada se asomara curiosa o preocupada a ver qué pasaba, en ese momento le lanzaban un cubo que contenía jabelgo, una mezcla de agua y yeso. Aunque no muchas, cada año picaban varias mujeres, pues al estar tan alejadas de la vida social y festiva del pueblo, se solían olvidar de que antes de empezar la Cuaresma había que enterrar a la sardina.
No era extraño que las mujeres no pudieran asistir a esta celebración, no era una excepción. Realmente no podían celebrar prácticamente nada. El caso más curioso puede que sea el de Santa Águeda, patrona de las mujeres y de su fertilidad. Mientras que las mujeres como mucho se juntaban a tomar una sobria merienda, para los niños y jóvenes era el momento de juntarse, festejar y jugar a El gallo en la soga. Es más, a los bailes, que se hacían los jueves y domingos, solo podían ir si les invitaba algún chico y si su padre les daba el beneplácito cada uno de los días. Si no, no podían ni entrar a bailar.
Al final se fueron y conseguí dormir. Voy a levantarme corriendo para hacer todas las tareas que pueda y así definitivamente ni mi padre ni nadie tendrán inconvenientes con que vaya toda la tarde a otra casa.
Bueno, a lo importante, tengo que preparar todo para esta tarde: cuaderno vacío, pluma y las galletas de agradecimiento para la casa de la María. Vale, pues voy a ir a por agua ahora prontito que seguro que hoy ningún chico está despierto aún, y menos esperando en la fuente para incordiar. Así llego pronto, ayudo a madre con las comidas, como y... ¡No tengo que fregar los platos de los ocho! Me voy directa a ca'la María a practicar.
Para tener una estructura jerárquica y organizada, había un escalón más dentro de las mayordomas. Dentro de las dos mayordomas mayores, solo una ostentaba el título de mayordoma mayor en singular. No solía ser un puesto muy codiciado, pues era la que más responsabilidades tenía. Debía guardar en su casa durante todo el año los materiales de las mayordomas, cedía su casa para practicar el canto todas las tardes que no hiciera buen tiempo (merienda incluida), se hacía responsable del resto de mayordomas y tras la procesión del día de Pascua tenía la obligación moral de invitar a todo el pueblo a un chocolate caliente en su casa como fin de la Semana Santa.
Día 2 de Cuaresma
Hoy por fin comenzaremos a copiar las canciones. Ayer, más que copiar y empezar a aprendernos las canciones, nos las enseñaron por encima. También nos contaron lo que íbamos a hacer cada día de la Semana Santa y las distintas tareas que teníamos. Además, fuimos a comprar una cinta cada una para el Cristo.
Lo que más prisa corría eran los tiestos de trigo que decorarían el altar mayor. Así que fue lo primero que hicimos. Fuimos al lugar donde la María, como mayordoma mayor, tenía todo guardado. Nos arremangamos y los sacamos fuera para después llenarlos con tierra y abono de los buenos. Cogimos un puñado de semillas de trigo cada una y las plantamos en el tiesto. Ya solo quedaba un paso, volver a arremangarse y bajar el tiesto a la bodega, para que la temperatura estable y la falta de luz hicieran su magia en la germinación y maduración del trigo.
La especie de trigo que crece en Utrilla, si se cultiva en un espacio sin luz y con una temperatura estable acaba resultando en unas espigas maleables de un tono amarillo claro que los utrillanos califican de "muy bonito" y "muy fino". Al monumento de la Iglesia se llevaban solo cuatro de los cinco tiestos, pero siempre se plantaba un quinto por si algún tiesto se malograba durante la Cuaresma.
Después de dedicarle a los tiestos nuestras buena hora para asegurarnos de que todos estuvieran bien, volvimos a subir a la sala donde practicábamos: la habitación de la María. La Puri y yo abrimos nuestros cuadernos y preparamos las plumas dispuestas a copiar cada palabra, punto, coma e indicación que nos dieran la María y la Saturnina.
Los cuadernos son el único recuerdo perenne que mantenían las mayordomas una vez pasados los dos años de oficio. En esa época nadie hacía fotos y todo lo que compraban o creaban para la iglesia se pasaba a las siguientes mayordomas.
Todas las mayordomas entrevistadas (mujeres mayores de 78 años) conservaban aún su cuaderno con cariño. La mayoría de estas y algunos hombres, tienen guardados los de sus madres y el de alguna abuela y los presumen con un aire orgulloso. También se ve la importancia en el hecho de que, en cuanto fotocopiar un documento se volvió un acto asequible, algunos acudieron a realizar copias de los cuadernos de sus madres, cuyo papel ya comenzaba a deteriorarse (estas personas en la actualidad superan los 80 años). Querían que ese recuerdo siguiera viviendo.
Día 4 de Cuaresma
Mañana es el primer domingo de Cuaresma, es decir, es el primer día que tendremos que vestir al Santo con las cintas. No solo con las que compramos el primer día, sino con todas las que han ido dejando las mayordomas a lo largo de los años. Durante estos días, en los huecos libres por las mañanas y mientras planeábamos y cantábamos, hemos ido bordando en las cintas nuestros nombres y el año, para que se unan al colorido vestido que adornará a Cristo.
Además de planear y cantar, también hemos estado hablando un poco de qué llevaremos el día de la Resurrección. Ese día las mayordomas estrenaremos vestido y, como será el que utilicemos para todos los eventos importantes, nos gustaría que fuese muy bonito. Yo he decidido hacérmelo yo misma. Como el año pasado terminé la escuela tengo un poco más de tiempo libre por las mañanas y creo que me puede quedar bonito, llevo muchos años patronando y cosiendo. La Mari utilizará el del año pasado porque en casa no tienen dinero ni para pagar a la modista del pueblo ni para más telas. Las otras dos sí que irán a la modista.

Me gustaría que fuera morado y ya tengo algunas ideas en mente. La que también tiene ideas en mente es la Saturnina. Nos ha contado que como el traje lo hace la modista, ella va a aprovechar el tiempo y hará una tela para el monumento. Será una tela blanca con borlas doradas en los bordes, un ramo de flores a cada lado, un gran cáliz en el centro y las letras bordadas también en un dorado amarillento. Estoy segura de que le va a quedar precioso, va a ser un privilegio estrenarlo este año.
No solo las mayordomas, sino las mujeres en general, han ido donando numerosos trabajos a la iglesia a lo largo de los años. El manto blanco mencionado, es el que se sigue empleando en la actualidad para decorar la Iglesia en Semana Santa. La misma mayordoma años después, creó nuevas versiones de los trajes de Semana Santa de las figuras de las procesiones, entre estos diseños destaca el manto de la Virgen María. Otros regalos han ido desde flores hasta alfombras.
Primer domingo
Hoy es el primer domingo de los seis que nos esperan. Los domingos son especiales porque después de misa, nos quedamos las cuatro solas y vestimos al Cristo con nuestras cintas y con las de otras mayordomas.
En muchas casas no nos piden ningún canto, saben que es el primer domingo y que no hemos tenido mucho tiempo para prepararlos. Aún así nos dan dinero, huevos, algún que otro bollo o torta... lo que tienen por ahí. Con el dinero sufragamos los gastos de las cintas y comenzamos a ahorrar para el resto de compras. La comida servirá para que la Mari no note tanto que tres bocas más meriendan en su casa.
En algunas casas si que nos piden cantar y la petición por excelencia es la canción que más hemos practicado, porque solo se puede recitar hoy. Es la dedicada al primer domingo. Así que tocamos a la puerta, presentamos al Cristo y cantamos la canción que dice así:
Hoy es el primer Domingo
De Santísima Cuaresma
Sale la Humildad de Cristo
A pedir por nuestras puertas.
En los cuadernos mejor conservados se llegan a contabilizar 31 canciones, algunas de apenas tres estrofas y otras que llegaban a durar más de diez minutos cuando se cantaban. En estos cuadernos solo se escribía la letra, la tonada había que memorizarla. Muchas antiguas mayordomas aún recuerdan con cansancio lo difícil que era aprenderse algunas de ellas por los múltiples cambios de ritmo y tonada que tenían. Entre estas canciones complicadas destaca El reloj.
El reloj era una canción atemporal dentro de la cuaresma, al igual que La paloma y Las virtudes. Estas se podían pedir cualquier domingo. Por el contrario, había otras canciones que solo podían escucharse una vez al año y en un momento concreto. Este es el caso de la canción previamente mencionada, Primer domingo. Existen también Segundo domingo, Tercer domingo y Cuarto domingo. Otras canciones fijas eran la de San José, o las de los actos religiosos como Lavatorio o Viernes Santo.

Por la tarde volvimos a ensayar, no había un día que perder.
Día 6 de Pascua
Como ya era costumbre llegamos todas justo después de comer y nos colocábamos en nuestros sitios. La Puri y yo nos sentábamos juntas encima del arcón, así lo habíamos hecho los dos primeros días y así parecía que nos íbamos a quedar el resto. La Saturnina se sentaba en el alféizar de la ventana, y la Mari, frente a ella en la única silla de la habitación. No había muchos más sitios para elegir.
Nos acompañan unas gruesas mantas para cubrirnos, ya que si cogemos frío y acabamos con dolor de garganta, practicar será una tortura y corremos el peligro de desafinar en los actos.
La temperatura media de febrero en 1956 en Soria fue de -2,5 grados y no había calefacción.
Como hay muy poco espacio en las casas para todos los que solemos ser, la madre de la Mari se tiene que venir a veces a hacer la labor con nosotras porque no cabe en ningún otro lado. Se llama Luisa y la verdad es que, aunque preferiríamos estar solas, es una mujer muy agradable y discreta.
Dia 11 de pascua
Sigue haciendo frío y la verdad que está empezando a ser todo un poco repetitivo. Me lo paso bien, las canciones son preciosas y estamos empezando a contarnos alguna que otra cosa en los descansos. Nos habíamos llevado bien en la escuela, así que sabía que íbamos a hacer buenas migas. Pero ahora, siento que tengo la oportunidad de descubrir partes de ellas muy interesantes.
La Satur tiene una radio en casa y nos cuenta como avanza la radionovela que escucha por las mañanas, La segunda esposa. De momento solo hay cuatro radios en el pueblo, una de ellas en el bar para escuchar las noticias y la lotería. En esa solo se sintoniza la cadena del Estado, pero en las de las casas a veces llega la señal de Radio Andorra. La Satur nos ha prometido que cuando terminemos, si nuestros padres y las tareas nos dejan, podemos ir a su casa a escuchar las canciones nuevas y alguna noticia sobre lo que ocurre fuera de España. ¡Qué ganas!
Segundo domingo
Hoy volvemos a sacar al Cristo. Le colocamos el colorido traje de cintas con cuidado y nos aseguramos que esté perfecto. Y vuelta a visitar cada casa del pueblo, que no son pocas, ya que somos casi 800 habitantes. Esta vez cuesta menos que la primera. Ya no tenemos que estar pensando todo el rato qué ruta seguiremos y la gente ya nos espera. Además, hemos tenido más tiempo para practicar todas las canciones, en especial el Segundo Domingo, que ha sido la más pedida.
Si quieres gozar hermano
de la gracia del Tabor
Prevenimos tu limosna
Para alumbrar al Señor.
Muchas de las canciones cantadas por las mayordomas explicaban pasajes bíblicos, ejercían un papel similar al de las escenas representadas en vidrieras, retablos y portadas de las iglesias. Asimismo, explicaban el proceso que se debían seguir en ese día o procesión concreta, tal y como demuestras los versos destacados de cada canto de domingo. El ejemplo más claro se encuentra en los versos del Domingo de Resurrección, recogidos más abajo.
Día 16 de cuaresma
Llego corriendo a casa de la Mari, hoy vamos a ver a la cerera del pueblo. Los cirios que compramos para la iglesia duran entre dos y tres años y las mayordomas anteriores terminaron los cirios que les legaron, por lo que ahora nos toca a nosotras ir a comprarlos. Tengo ganas la verdad.
Vamos a comprar velas negras tal como marca la tradición. Realmente no son negras, son del color de la cera. A mi me gustan más las de color blanco, pero bueno, es lo que toca. No hay cola hoy, terminaremos pronto.
Los cirios de Semana Santa medían 50 cm de alto y tenían unos 20 cm de diámetro. Una vez que se encendían no se apagaban durante el resto de la semana. En la actualidad no existe una cerera en el pueblo ni en los alrededores. Los cirios de cera han sido sustituidos por otros de aceite mucho más duraderos.
Al final hemos estado mucho rato allí. Es completamente hipnótico ver con va echando capa por capa de cera, haciendo amplios círculos con el brazo. Ver como esta se escurre hasta el final y va endureciéndose poco a poco, hasta que llega el momento de echar una vez más.
Día 31 de Cuaresma
Hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo, dicen. Pero ya empieza a quedar poco para Semana Santa y hay que practicar a cantar andando, sobre todo para subir la cuesta hacia Santa Ana, esa te deja sin aliento incluso cuando no cantas. No vamos a mentir, estábamos deseando que llegara un día en el que, pese al frío que sigue haciendo, estuviera justificado que saliéramos a pasear.
Ir las cuatro juntas, sin limitaciones, sin que se juzgue, si que se nos moleste. Cantando y hablando toda la tarde. Bueno sin limitaciones no, la Puri se tiene que enterar por las mañanas de dónde va a estar su padre, en cual de sus terrenos estará trabajando, para evitar pasar por esa zona. Pero menos por ese detalle, a todos lados.
A donde nos dé la gana.
Domingo de Ramos
Un año más la iglesia vuelve a lucir una enorme pila de ramos de olivo a la entrada. Al final de misa, todo el pueblo se llevará un poco para así poder bendecir su casa. Este año yo no me vuelvo a casa con el resto de mi familia. Bueno, ni si quiera he estado con ellos durante la misa. Las cuatro mayordomas hemos estado a un lado del cura cantando cuando procedía.
Una vez terminada la misa sacamos al Cristo por última vez. Es curioso pensar que la próxima vez que vuelva a coger esta figura habrá pasado prácticamente un año, que ni Él ni yo iremos de luto y que no serán la Mari y la Satur quienes lideraren el paseo. Me pone un poco triste, ni si quiera las cintas serán las mismas, el primer domingo o incluso antes añadiremos las de las mayordomas mayores con el año actualizado y las nuevas mayordomas menores también añadirán la suya. ¡Uf! Por cierto, la Puri y yo tendremos que ponernos a hablar con las demás chicas del pueblo cuando termine todo esto a ver quien quiere ser mayordoma el año que viene.
La tradición de las mayordomas estuvo vigente hasta 1965, año en el que las dos mayordomas menores rechazaron el puesto. Tampoco hubo nuevas voluntarias, por lo que, quienes habían sido mayordomas el año anterior repitieron y no se volvió a echar a nadie.
Cuando terminamos de pedir la limosna que ayuda a sufragar los cirios y el precio del chocolate del domingo, nos volvemos a acercar a la iglesia. Queremos comprobar nosotras mismas que todos los santos están bien, y que cada uno tiene su traje de luto intacto. No nos queremos ni imaginar el estrés que sería sacarlos el jueves y ver que hay un trozo del manto de la Virgen María roto y no tenemos suficiente tiempo para repararlo.
Martes Santo
Estamos todas un poco nerviosas. Seguimos quedando para practicar por las tardes, pero es una escena un poco triste. Aunque por la ventana entre ya un agradable sol, todas vestimos de luto y eso baja los ánimos.
Hoy Luisa, la madre de la Mari no está con nosotras, la voy a echar de menos. Es raro, porque aunque nos gustara más estar a solas me he acostumbrado a su presencia silenciosa. Ahora que hemos cogido más confianza, la Mari nos contó la historia de su madre. Nos explicó que también fue echada mayordoma, pero nunca pudo terminar la experiencia porque su madre murió y a una semana del domingo de ramos tuvo que dejar su puesto para guardar un riguroso luto. Las ventanas de su casa se cerraron, las flores desaparecieron de alféizares y mesas y no pudo hablar con casi nadie en meses. Espero que ni yo ni ninguna de mis compañeras nos encontremos nunca en esta situación.
También la generación de las protagonistas, en los años 50 y 60, tuvo que sufrir este tipo de costumbres que ataban aún más a la mujer al hogar. Se quitaban las decoraciones exteriores de las casas y las plantas, al igual que sucedía con las radios e instrumentos musicales. Las mujeres debían respetar una rigurosa etiqueta de luto, rezar por la persona fallecida y no mostrar sentimientos felices. Por extensión, sus interacciones sociales quedaban limitadas al mínimo indispensable, siempre controladas por sus padres y maridos. Por su parte, los hombres debían llevar un brazalete negro que indicara que estaban en periodo de luto, sin que esto tuviera ninguna otra implicación.
Miércoles Santo
Se acerca el final de la semana, ya estamos en la recta final, cuatro días y todo habrá terminado. Las risas, los cantos, los paseos, las reuniones... ¿Qué pasará después? ¿Será todo igual, como si nada hubiera cambiado? Las voy a echar mucho de menos. Ayer ya lo sabía, pero hoy va a ser más duro aún.
Encima mañana vienen el Jaime y el Luis con nosotras, no podremos estar solas. Bueno, solas pero juntas quiero decir. En realidad no va a estar mal, unas caras nuevas harán que se pasen más veloces las horas. Si vienen y se quedan más de quince minutos claro está. No sé por qué lo pienso, si total, vengan o no tendremos que estar calladas con la cabeza 'gacha.
Las mayordomas, en principio, no tenían que hacer todo solas. Para ayudar con las responsabilidades se echaba a dos chicos del pueblo como mayordomos. Estos debían apoyarlas y acompañarlas mientras velaban al Santo. Sin embargo, por los testimonios recopilados tanto de mayordomas como de mayordomos, estos últimos no se tomaban muy enserio su papel y solían limitarlo al mínimo indispensable.
Jueves Santo
Hoy es el gran día, ahora empieza nuestra pequeña carrera de fondo. Me despierto, me arreglo con el traje de luto un día más, ya por poco tiempo gracias a Dios, desayuno fuerte y salgo por la puerta de casa. Hoy será un gran día de iglesia, pero primero tenemos que pasar por la bodega una última vez.
Ya sabíamos que todos los tiestos habían madurado bien, pero comprobar que seguían intactos hoy nos ha dado muchísima tranquilidad. La verdad es que todos eran bonitos, pero al final nos hemos decidido por los cuatro que más se parecían. Cada una se ha hecho con un tiesto y al fin el trigo ha visto la luz de camino a la iglesia.
Cuando hemos llegado el cura, el sacristán y algunas mujeres del pueblo ya habían comenzado a montar el monumento, al poco tiempo todo estaría listo. Peinamos los tiestos, los agarramos con un lazo y colocamos el espejo y el palo. La Luisa nos ha hecho el favor de traernos los cirios desde su casa para que podamos colocarlos también a los lados del monumento. Decenas de velas adornan los contornos de la iglesia y las ventanas dentro de poco se cubrirán con grandes telas que sumirán el lugar en las tinieblas.
Las tinieblas eran un concepto muy extendido en Semana Santa, con varios eventos dedicados a ellas. Eran momentos de oscuridad y silencio y como tal había que respetarlos.
La madre de la Satur también ha traído algo, es la nueva tela del monumento, la que ha hecho su hija. Es majestuosa. El manto es de un blanco tan puro y un dorado tan bonito que una vez entras a la iglesia solo puedes fijar tu vista en él. Ayuda bastante que todo esté con motivo de luto, todo hay que decirlo. Lo coloca Enrique, el cura, junto a los tablones de madera con los que se recubre el retablo mayor. Le sienta como un guante al conjunto.
En la actualidad, ante la falta de una figura religiosa y del papel de las mayordomas, son las mujeres más mayores del pueblo las que se encargan de colocar el monumento (una versión reducida), vestir a la Virgen María de luto, encender dos cirios y una veintena de velas y, a falta de tiestos, adornar con flores el lugar. Son ellas también quienes se encargan de mantener la iglesia limpia, de recoger las propinas y de numerosas tareas más.
A las cuatro comienza la misa. Dos horas de misa. Y puede que sea este el peor momento para ser mayordoma. Rectas, serias, a la vista de todos. Cantando cuando nos toca las numerosas canciones del día, pero cuidando en reservar la voz, porque aún queda lo más duro.
A las dos horas y un pico largo, el cura nos ha colado un Vía Crucis extra como quien no quiere la cosa, todo el mundo se prepara. Los hombres cogen los pendones de las figuras y al abrir la puerta del la iglesia comienzan a escucharse las voces de los reunidos en la plaza.
Sabía que esto pasaba todos los años, pero ser consciente de que éramos las chicas por las que ahora se habían reunido todas esas personas, fue un golpe de presión bastante fuerte. Salimos y allí estaban, vecinos de todos los pueblos de alrededor y alguno más que quien sabe de donde habría venido.
El cura dio el primer paso, la Mari y la Satur entonaron la primera nota y todo comenzó a funcionar. Nos concentramos plenamente en repetir aquellos versos que habíamos practicado una y otra vez. Creamos una burbuja mágica en la que nosotras mandábamos, abríamos un camino y guiábamos a las personas a través de él con nuestros cantos.
Llegamos a la linde del pueblo y una gran cuesta apareció ante nosotras. Pero estábamos listas, dirigimos nuestra mirada hacia el árbol y seguimos cantando. Y sé que la gente estaba llorando, lo sé porque más de una docena de veces, había sido una de las niñas que se escondían tras la falda de su madre y observaba con curiosidad a esas personas extrañas que habían venido de otros pueblos. Y por mucho que las más pequeñas les mirásemos, ellos no nos devolvían la mirada. Solo tenían ojos para la comitiva de muchachas de luto que acompañaba a los santos a la ermita de Santa Ana.
El sol ya se había ocultado cuando volvimos a la Iglesia, felices y cansadas. Nos arrodillamos frente al monumento en silencio procesando el hecho de que pasaríamos las siguiente horas de nuestra semana velándolo.
Tras quince minutos de silencio la Satur se levantó y dijo, "Vale, como habíamos quedado, la Puri y yo nos vamos a casa ahora, cenamos y descansamos un poco y a las diez venimos a haceros el relevo". Se fueron y nos quedamos la Mari y yo rezando con algunas mujeres que habían decidido acompañarnos en nuestras funciones. Rezamos bastante, no había mucho más que hacer. Rezabas, contabas las líneas de la madera del suelo de la iglesia (lo que era todo un reto ya que las velas apenas daban luz) y volvías a rezar.
A las diez llegaron la Satur y la Puri y fue el momento en el que la Mari y yo pudimos acercarnos a casa y cerrar un poco los ojos antes de que dieran las doce. El siguiente turno, el que iba de las doce hasta las dos de la madrugada era el último. En ese momento la Mari cerraría la puerta de la Iglesia y esta no se volvería a abrir hasta que nuestras compañeras aparecieran por allí a las siete de la mañana.
En las generaciones previas a la de las protagonistas, las mayordomas velaban al santo las 24 horas del día, también por turnos de dos en dos horas.
Viernes Santo
Casi casi se me hace tarde, menos mal que mi madre había decidido venir a velar el santo conmigo esta mañana. Cuando llego a la plaza la Mari me espera apoyada en la puerta a lado de la Luisa, quien la mira con un poco de reproche porque una mayordoma no debería estar tirada contra la puerta de la iglesia. Pero la entiendo. Ayer a las dos de la madrugada nos marchamos, pero había que llegar a casa, cambiarse, comer un poco más, meterse en la cama y procesar todo el día, que no había estado precisamente vacío. Definitivamente ambas habíamos dormido menos horas de las que necesitábamos para recomponernos.
Así seguimos, cambio tras cambio asegurándonos de que las velas y los cirios no se apagaban ni quemaban nada. Una marea borrosa de mujeres venía y se iba acompañándonos durante largos ratos.
Ya entrada la tarde, los niños llegaron corriendo a la iglesia a por las carracas para avisar del inicio de la misa a todo el pueblo. Esta misa se llamaba la del Sermón de las Siete Palabras y era bastante más corta que la anterior, aunque eso no nos libró de tener que cantar varias veces entre rezo y rezo.
Y vuelve a llegar el momento. Jesús ha muerto y nosotros tenemos que enterrarlo.
Sábado Santo
Al fin pude recuperar algunas las horas de sueño. La misa de hoy es por la mañana, pero no hay que ir al amanecer, y mucho menos para quedarse ahí velando y ya.
Realmente, hoy tenemos una misa bastante curiosa, se bautiza el cirio y se bendice el agua, es un poco la misa de los objetos. Al terminar el acto, todo el mundo se acercará con un jarro o equivalente para poder llevar a casa un poco de ese agua bendita y proteger así su hogar.
La víspera del Domingo de Resurrección, los hombres jóvenes liderados por los quintos de ese año, festejaban durante toda la noche lanzando petardos, bailando y bebiendo. Además, en un punto de la noche, salían a dar una vuelta por el pueblo y prácticamente, puerta por puerta dejaban piropos e insultos en las casas donde vivían chicas jóvenes. Estos podían ser palabras, dibujos e incluso rimas. El sentimiento general de las mujeres hacia esta costumbre era de resignación.
Domingo de Resurrección
Antes de que amanezca, ya estamos las cuatro preparándonos para la última gran procesión. Después de semanas nos quitamos los vestidos y zapatos negros y podemos estrenar nuestros vestidos. Morado, amarillo, azul clarito y azul oscuro. Nos ponemos alguna joya que nos han dejado nuestras madres y con la gran sonrisa que se merece el domingo de la Pascua Florida, salimos las cuatro cuadernillo en mano para amenizar el gran reencuentro.
Estaba bien visto que las mayordomas llevaran su cuadernillo a todas las procesiones y eventos.
Y por última vez ese año la Mari y la Satur recitan, la Puri y yo respondemos. Con nuestras voces vamos narrando la procesión. La coordinamos, le damos un tiempo y un momento hasta llegar a la Puerta Encima:
Ensanchad esa carrera
Y vamos en procesión
Acompañando a María
Hasta encontrar a su Dios
Quítale ese manto negro
A la emperatriz María
Y sácala de tristeza
Que ya es tiempo de alegría
Ese año ninguna podemos quitarle el manto a la virgen, nuestra misión es otra. Ya llegará nuestro momento en unos años. Ahora queda ver como Madre e Hijo se juntan y volver a la iglesia junto a casi todo el pueblo. Y digo casi, porque en la plaza nos esperan los quintos y demás mozos, los que habían estado de fiesta toda la noche con el Judas preparado para explotar.
El Judas es un muñeco a tamaño real hecho de paja que en su interior escondía una gran bola de pólvora. Representa al discípulo traidor de Cristo.
Me tenso, aún no lo han explotado, ni parece que tengan intención de hacerlo antes de que empecemos a cruzar la plaza. Normalmente, quienes no tenemos la obligación de estar en la procesión, nos alejamos un poco, porque da miedo, da miedo de verdad. Pero ahora hay que seguir y, efectivamente, cuando la comitiva llega a la altura del muñeco colgante, explota. Me asusto y cierro los ojos muy fuerte, pero a los pocos instantes escucho a la Mari volver a entonar el canto de las escaleras como si nada hubiera pasado. Eso me da fuerza y aprieto el paso para seguirla mientras doy la respuesta que abre las puertas de la iglesia.
Si la puerta está cerrada
Señores no os dé cuidado
Que aquí va la capitana
Que desechará el candado
Y ahora llegaba el momento más mágico: volver una última vez a casa de la mayordoma mayor junto a todos los vecinos y encontrar una enorme olla llena de chocolate caliente. Realmente no era magia, la Luisa, mi madre y la hermana de la Satur, se había despertado antes para prepararlo. Pero como no lo decían como muestra de humildad y nadie las había visto hacerlo, parecía que la Virgen había hecho aparecer milagrosamente en la cocina de la Mari el chocolate. Como agradecimiento por reencontrarla con su hijo. Después me acercaré a darles un buen abrazo a las tres.
Como guinda del pastel al poco de terminarnos el chocolate, comenzamos a escuchar la música que salía del salón de baile. Enseguida vinieron los mayordomos a invitarnos, a lo que recibieron un sí rotundo por nuestra parte. Nos cogimos entre las cuatro de los brazos formando una cadena y cantando y bailando fuimos a despedir nuestro último día de cantos, paseos y libertad.
Ya no existen las mayordomas, pero a día de hoy se encarnan en cada una de las mujeres mayores del pueblo que siguen esforzándose año tras año para que la rueda siga girando. Gracias.
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Paula Mozota Marco
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